Me
resulta extraño encontrarme un domingo en la mañana, a las once y media, en
casa. Hoy no he salido en bici, y no ha sido por mí, que estoy más fresco que
una rosa, sino por darle un descanso a mi 29er, que ayer se lo ganó. ¡Qué día
de bicicleta! Es ahora, según pasan las horas, cuando empiezo a valorar lo que
realmente sucedió ayer.
Recuerdo
la primera salida con mi primera bici de montaña. Hace 21 años. Por el Camino
de Sax, desde el campo de mis padres hasta que acababa el asfalto, parando para
encenderme un fortuna a la sombra de un almendro, y volver. Toda una hazaña
para alguien que no había levantado los dos pies del suelo a la vez desde que
iba al instituto.
Al
final del Camino de los Aragoneses, a mano izquierda, hay una hermosa encina.
Cada vez que paso, no pocas veces como sabéis, recuerdo que allí, más o menos a
mitad de ruta, paraba a almorzar con mi antiguo socio y eterno amigo Antonio
Martínez.
Y cómo
no recordar aquellos primeros años noventa con Pepe del Ramo, sin más
referencias que los mapas del ejército y su intuición de pastor, buscando y
encontrando varias sendas de las que ayer pudimos disfrutar. No se imagina Pepe
lo que nos habría gustado poder disfrutar el sábado de su compañía.
La
vuelta al término municipal en bici era una idea que flotaba tiempo entre algunos
de nosotros. Cuando Andrés publicó la etapa en el calendario de salidas del
Blog, Juanmi y yo sacamos a la luz nuestros respectivos borradores para la
ruta. De la puesta en común, el diálogo y las comprobaciones sobre el terreno
en las últimas seis semanas ha resultado el trazado de la
I Vuelta al Término de Yecla en BTT. Para mí,
no ha tenido desperdicio ninguno.
Quien
no lleve en la sangre el veneno de la bici no le puede encontrar el sentido a
lo que hice el sábado. El viernes ultimé la estrategia con el Presi en La Prensa, llegando a la
conclusión de que un par de cañas más nos harían dormir bien y nos hidratarían
mejor. Pero dormí poco; a las tres me desperté y ya no di tiempo a que el
despertador sonase. Mejor, que no son horas de hacer ruido un sábado. Desayuné
como un legionario: ensaladilla rusa y gazpacho, nada de muesli, ni tostadas ni
otras mariconadas. Tuve tiempo para todo. Hasta hice un mapa para que las
chicas del avituallamiento no se perdiesen. A menos diez estaba ayudando al
tesorero con la recaudación que fue muy rápida gracias a la colaboración de los
participantes. Sólo uno olvidó la pasta. Desde aquí te lo recuerdo: nos debes 5
euros. A las 6:15 un tren de ilusión y dudas con 48 unidades circulaba por la
Vía Verde del Chicharra camino de una gran
ruta. A la gran mayoría nos esperaba una jornada mucho más larga que ninguna
otra de las realizadas. Un reto personal.
Llegados
a las inmediaciones de la Casa
del Loro tomamos a la izquierda el camino, en el que veremos los primeros rayos
de sol, y que nos llevará hasta el collado de la dividilla y los altos de
Caudete, para cruzar la carretera por el Sombrerero. Al poco rato estábamos
disfrutando de las dos primeras sendas del día que nos dejarían junto a la Casa de Doña Elena, que
todavía no se había levantado, por lo que no salió a recibirnos. Un breve
tránsito por pistas para enlazar la tercera senda; el collado del Serral,
subida y bajada que provocó el primer estirón serio del pelotón, que ralentiza
la marcha hasta el reagrupamiento de la mayoría. Entre tanto, unas trampas de
grava en el camino obligan a subir de pulsaciones por segunda vez en el día.
Hemos
llegado a buena hora. Se nos unen Manolo, Dani y Medina y empezamos la subida
de la Casica Palabra
(los perros). Se tensa la cuerda. Algunas de las liebres son de las que ven
ropa tendida y esprintan por si dan algo. Los gavilanes y el CCY enseñan el
capote y el resto embiste con furia, disgregando el pelotón que se reagrupa, en
parte, al llegar a los Rincones de la
Fuente del Pinar. Por culpa de un palo Martín dobla el cambio;
la primera avería seria y, sin más remedio, decepcionado por su mala suerte, se
retira rumbo a Yecla. ¡Qué se le va a hacer!.
Despedimos
a Martín, cruzamos el primer bancal del día, y al rato llegamos a la Casa Almendros (el inglés, que
no es lo mismo que el ingles). Por Tobarrillas hasta el segundo y último bancal
para cruzar la carretera de Almansa y enfilar hacia los molinos de Tobarrilla
la Baja por el camino que se convierte en senda, la cuarta, hasta llegar a la
pista del alto. Primer calentón serio del día, pues la subida, sin ser larga,
requiere técnica y fuerza para aguantar encima de la bici.
Disfrutamos
las vistas desde lo alto. Los que van primeros se pasan la bajada, que inicio
por delante de un grupo que de inmediato me sobrepasa bajando “a fuego” por un peligroso
tramo de pista pedregosa, suelta, empinada y llena de regueros, que, por
suerte, solo se cobró una rueda, la de Juanmi. Salimos de Tobarrillas, pasamos
por lo que fue Marisparza, la
Colorá, los Hitos y el Pocico de la Buitrera. Y en un rugir de
tripas llegamos al primer avituallamiento donde José Miguel, Paco Juanfran y
Romero nos habían organizado la comida que más a gusto íbamos a disfrutar ese
día. Al poco llegan un grupo y otro. Todos, salvo Martín, pensaba yo, pasamos
por el Arabí. Se comenta lo entretenida que estaba resultando la ruta, que algunos
esperaban más monótona y pistera.
Salimos del Arabí y antes de la Rambla del Moteruelo, quinta senda del día, José Pascual pincha. Fran, Alberto y Gabi se quedan a echarle una mano y el resto seguimos. Por la Hoya Muñoz, Casa Serrano con su Molineta, Lomas de Las Gateras, Espernalas y El Pozancón recorremos un tramo en gran parte desconocido para la mayoría que aun siendo caminos, resultó interesante.
Y en
esto que llegamos a la primera subida exigente del día: Los Gavilanes, que me
tomo con mucha calma, pues queda mucho por delante. Alberto y Gabi me pasan
como dos liebres-pro, que lo son. Bajamos por la sexta senda y más abajo, en un
recodo nos reagrupamos a la sombra, que la dura subida y la bajada técnica
habían desgranado por completo la panocha.
Pasamos
la Hoya Torres, cruzamos la traviesa y vamos acercándonos a la séptima senda, subida
del Cerro de los Condenados. Aquí el calor y la pendiente empiezan a pasar
factura, pero el grupo se estira y reúne para cruzar la carretera de Jumilla.
Rumbo ahora a la senda que voltea la Sierra del Buey cerca de la Umbría de la
Pava, octava de la jornada y, con una bajada muy áspera en la que tan peligroso
era quedarse parado como perder el control. Y llegando abajo oigo a Martín y a
Fran que habían llegado por detrás. No me lo podía creer. Me cuentan su hazaña.
Martín, con el cambio doblado, bajó a Yecla, fue al taller y lo reparó. Su
padre lo subió en coche hasta el Arabí, saliendo del avituallamiento con
bastante retraso respecto a nosotros. Alcanzó
a Fran y juntos estuvieron 33 kilómetros dándose relevos, a saco, hasta
alcanzarnos. Todos sabemos de la fuerza de voluntad y el pundonor de Martín,
que, si se propone algo, lo cumple. Y el sábado, por si alguien tenía la menor
duda, lo volvió a demostrar. Sois dos fenómenos.


A la
una y veinte llegamos al avituallamiento de la Casa de Palao, a cuyos vecinos
agradecemos su colaboración. Un oasis en medio del secano, desde el que se
divisaba la travesía que nos esperaba antes de llegar a Raspay. Salgo retrasado
con Juanma que se vuelve a por sus guantes olvidados. Y ya no llego a conectar
con el grupo. El parón le ha sentado mal a mis piernas que empiezan a amagar
calambres. Decido no parar en al pozo a refrescarme y adentrarme cuanto antes
en las sombras del Carche huyendo del
sol, implacable a esas horas. Pero rondando las doce (hora solar) y en estas
fechas el sol caía “a capón” sobre la ancha pista y no fue hasta pasar la verja
verde que me pude resguardar algunos instantes bajo los pinos. El calor era
asfixiante, y ya con cien kilómetros las piernas pedían tregua. Pero había
conseguido mantener un ritmo y un pedaleo suave y redondo que me llevó hasta
Raspay en compañía de Antonio Puche. Eso sí, acordándome en cada repecho del
que dijo que “llegados al camino de Pisana, ya es todo bajada hasta Raspay”.
Después caí en la cuenta de que lo había dicho yo, pero el calor nublaba mi
mente.
A las
tres y cuarto, en el reloj de la iglesia, llego a Raspay. Me despojo de todo el
equipo y me apunto al botellón de litronas que se había organizado. Habíamos
superado lo peor. Nos refugiamos a la sombra de los soportales junto a la
iglesia y me siento en el suelo. Tremendo error. Y el caso es que lo sabía,
pero no había sillas. Mis muslos se agarrotan alternativamente bajo tremendos y
dolorosos calambres. Por más que me revuelco no encuentro la forma de ponerme
de pie. Al final, con la ayuda de dos compañeros recupero la vertical y consigo
andar y estirarme, superando el mal rato. Por momentos veía que tenía que
abandonar, pero pude seguir.
A las
cuatro y veinte llegan los verdaderos héroes del día: el grupo de Francis,
Manolo, Simón, Miguel y compañía. También Avelino, el benjamín del grupo que ha
resistido el agotador tramo bajo el sol por el Carche. Ése es el auténtico
espíritu de Las Liebres.
Reanudamos
la marcha hacia la Sierra de Salinas. Pasamos la novena y última senda de la
jornada, corto tramo en un fresco barranco que resultó muy agradable. A
continuación los toboganes que recorren la falda que resisto como puedo, controlando
los calambres.
Llegados
al Aula de la Naturaleza veo un montón de gente y a mis compañeros que me hacen
aspavientos para que no pasase de largo. Creía que era un campamento, pero era
el final de una comilona en toda regla a la sombra de los pinos. ¡Y quedaban
bebidas frescas! Que Tomás, el del Pub TJ, reponía sin cesar. Me tomé un bote de
cerveza en dos tragos y me supo a gloria. Para la próxima edición, ya sabemos a
quién hay que encargarle el catering. Supe después que, por suerte, todavía
quedaron cervezas para el grupo de Francis.
Dejamos
la Sierra de Salinas y en El Portichuelo tomamos asfalto. Se agradeció el tramo
por las Casas de La Alberca, Carrascalejo, Bronquina, y Argandoña, para tomar
de nuevo camino a la Casa del Cónsul. Divisando ya la última ascensión del día,
Las Cabezuelas, que en circunstancias normales no son nada, pero que mis
piernas ya no resistieron, teniendo que elegir entre dolorosos calambres o
echar pie a tierra.
Y llego
por fin a las inmediaciones de la Casa Plaza donde me espera la tropa.
Retomamos la Vía Verde, para alivio de José Ramón Ortín, que ya estaba
resignado a volver al subir La Dividilla. Los últimos 10 kilómetros, con viento
a favor, pero con un grupo delantero deseoso de llegar a casa que me vuelve a
dejar atrás. Alberto me acompaña y se me hace más llevadero. Una pequeña rampa
al llegar al polígono me regala el último calambre, que alivio echando pie a
tierra. Los de delante han desaparecido, salimos a la carretera y a las 18:45, tras
DOCE HORAS Y MEDIA encima de la bici, de
las que, para mí, nueve y media fueron de pedaleo efectivo, llegamos al punto
de partida.
Pero
cuál fue nuestra decepción al no ver a nadie. No nos esperaba ni la guardia
civil. Y habíamos quedado en tomar unas cervezas en una terraza. Suena el
móvil. Mi sobrino Javi que pregunta dónde estoy, que nos estaban esperando. Tomando
cañas, contesté, y así acabamos, eufóricos, satisfechos, orgullosos, contentos
y yo, con calambres. Llegando los compañeros se sucedían los apretones de manos,
las felicitaciones, los abrazos. Leo un mensaje de Diego, quien a las dos y
media, con el calor de Murcia, se acordó de lo que estábamos pasando.
Sufrimiento gozoso en grado superlativo. Ha sido un grandísimo día. Hemos
sabido sufrir y disfrutar de la ruta, desde el primero hasta el último. La mayoría
esperaba una ruta pistera y rodadora. Creo incluso que algunos no participaron
por este motivo, pensando que se iban a aburrir. Pero a todos, la ruta nos ha
aportado mucho más de lo que esperábamos. La compañía ha sido insuperable y el
recorrido resultó del agrado general. Acertado en su totalidad, sin ninguna encerrona.
Alternando hasta la hora de la comida tramos de sendas y enlaces por pistas y
caminos que nunca llegaban a hacerse pesados. Con una segunda parte más
relajada. A todo esto se une la satisfacción de saber que al poco rato llegaron
Francis, Manolo y compañía cuya cara se satisfacción estoy deseando ver.
Enhorabuena
a todos. Gracias a José Miguel que ha hecho estas fotos. Perdón por el peñazo, y nos vemos en la próxima.
Datos
de mi cuentakilómetros:
Distancia
total: 152 kilómetros.
Ascensión
acumulada: 2.200 metros.
Tiempo
total: 12h30’
Tiempo
en movimiento: 9h30’.
HRMed 147.
HRMax
182.